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 Protección de la madera


Principios para la protección de la madera

El árbol es un ser  vivo, constituido principalmente por una materia leñosa estructurada, formada por la yuxtaposición de células organizadas con una precisión y complejidad propias de las especies evolucionadas del reino vegetal. En este sentido, posee sus propias capacidades de reacción contra las agresiones exteriores, ya sean de origen mecánico como el viento, climatológica como la sequía y el frío o biológica como los insectos, los hongos y las bacterias. Contra todos estos ataques potenciales, el árbol es casi siempre capaz de defenderse, de cicatrizar sus heridas, de regenerar sus tejidos alterados por las enfermedades.

Una vez talado y explotado, el árbol se convierte en madera, materia inerte y sin defensa, biodegradable bajo la acción de un cierto número de agentes biológicos. Estos agentes de degradación -insectos y hongos- se manifestarán esencialmente en función de la especie y de la situación -medio seco o húmedo- en el que se encuentran las piezas de madera. Es en este nivel en el que interviene la noción de durabilidad natural de la madera, que va a condicionar en gran parte la longevidad y duración de servicio de las obras.

Pero la longevidad de las obras podrá también estar influenciada por su concepción y su puesta en obra que a menudo pueden reducir o incluso eliminar el riesgo de aparición y desarrollo de los agentes de degradación.

Dependiendo de que se pueda suprimir totalmente o en parte solamente estos riesgos biológicos, esta durabilidad será absoluta o solamente relativa. Así, mientras el riesgo esté perfectamente identificado, como por ejemplo el de un ataque de insectos de larvas en una carpintería interior, y que la madera utilizada sea naturalmente resistente frente a este riesgo, la duración vital de la obra es casi ilimitada. La carpintería de las catedrales en roble o en castaño están ahí como prueba.

Por contra, con los riesgos de pudrición por hongos, que son las causas principales de degradación de las obras exteriores, la resistencia podrá ser variable en función no solamente de las especies, sino igualmente de la situación de la obra y en particular de riesgos de humedades de la madera. Además, y sobre todo si la humedad de la madera es efectiva, no importará la durabilidad absoluta, sino solamente el mejor comportamiento de una especie en relación a otra. En este contexto, un tratamiento de protección se define como una alternativa a una ausencia o una insuficiencia de durabilidad natural de la madera.

Esta solución se adoptará:
·      Ya sea para mejorar una durabilidad insuficiente de la especie en las condiciones a que se emplee.
·      Ya sea como una alternativa más económica a una solución que necesita durabilidad natural, en la medida que las maderas más durables son a menudo las más caras.

Pero no es suficiente recurrir a la necesidad de un tratamiento preventivo para que esta operación sea sistemáticamente posible. Proteger la madera no consiste en una protección física o mecánica superficial. Hay que convertirla definitivamente en insensible a los ataques biológicos en toda la superficie donde se puedan desarrollar.

Proteger la madera es recurrir a dos imperativos tan indisociables como indispensables:
·      Hay que definir en primer lugar un volumen a proteger, generalmente en aumento con la importancia del riesgo.
·      Después, hay que introducir en ese volumen un producto eficaz y en cantidad suficiente.

Es por eso, que la noción de impregnabilidad de la madera es, después de la de durabilidad natural, un elemento fundamental e indudable de una buena protección.

Esta impregnabilidad se aprecia en relación con dos exigencias:
·      La profundidad máxima a la que un producto puede penetrar.
·      La concentración máxima en producto que se puede dar en la zona tratada.

Una protección eficaz reposa sobre estos principios básicos, simples pero esenciales.

                                

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